En el transcurso del primer bimestre de 2026, se ha registrado un aumento exponencial en la creación de huertas comunitarias y jardines de biodiversidad en los distritos que conforman el Gran Buenos Aires. Lo que comenzó como una tendencia de consumo saludable se ha transformado en un movimiento social profundo que busca la soberanía alimentaria y la restauración ecológica del entorno urbano. Estos espacios, a menudo gestionados por colectivos de vecinos en terrenos baldíos o plazas públicas, proponen una mirada diferente sobre la ciudad y nuestra relación con el suelo.
La característica distintiva de estas nuevas huertas es la integración de especies nativas bonaerenses junto a las hortalizas tradicionales. Plantas como la pasionaria, la salvia de jardín o el espinillo son cultivadas para atraer polinizadores naturales como mariposas y colibríes, eliminando la necesidad de utilizar pesticidas químicos para el control de plagas en los cultivos de consumo. Esta sinergia biológica no solo mejora la calidad de los alimentos producidos, sino que contribuye a la recuperación del ecosistema original de la región, que había sido desplazado por la urbanización y las especies exóticas invasoras.
Educación ambiental y tejido social barrial
“La huerta es el lugar donde el barrio se encuentra y aprende. Aquí no solo cosechamos tomates, cosechamos comunidad y conciencia ambiental”, explican los referentes de una red de huertas de la Zona Oeste. Los municipios han comenzado a acompañar este fenómeno brindando talleres de compostaje domiciliario, entrega de semillas nativas del programa nacional y asesoramiento técnico por parte de ingenieros del INTA. En distritos como San Isidro y Morón, se han habilitado ferias de intercambio donde los vecinos canjean excedentes de su producción por plantines nativos, fomentando una economía circular y solidaria.
El impacto positivo de estos espacios se siente también en la salud mental de los participantes. El contacto con la tierra y el trabajo colaborativo al aire libre han demostrado ser herramientas efectivas contra el estrés urbano y el aislamiento social, especialmente en adultos mayores y jóvenes. Además, estas huertas urbanas funcionan como aulas abiertas para los colegios de la zona, donde los estudiantes pueden observar el ciclo de la vida y la importancia de los servicios ecosistémicos de forma directa. La tendencia de “reverdecer el conurbano” parece haber llegado para quedarse, transformando patios y azoteas en núcleos de vida silvestre y alimentación sana.
Se estima que ya existen más de 1.200 huertas de este tipo en el AMBA, con una producción que, aunque pequeña a escala individual, representa un aporte significativo a la economía familiar en tiempos de incertidumbre. La recuperación de los saberes sobre plantas medicinales nativas es otro de los pilares de este movimiento, rescatando tradiciones ancestrales adaptadas a la vida moderna. Con estas acciones, la Provincia de Buenos Aires avanza hacia un modelo de desarrollo donde la naturaleza vuelve a ocupar un lugar central en la planificación urbana y en la mesa de cada habitante de la gran ciudad.