Martes, 22 Diciembre 2020 11:18

Ciudad Carcelaria, el mobiliario urbano diseñado para excluir

 

Un libro aborda la lógica del espacio público que impusieron las gestiones macristas: bancos de cemento, bolardos, rejas. Iniciativas expulsivas y costosas que hacen a la Ciudad inhabitable para muchos, mientras se impulsa, por ejemplo, un acceso al río sólo para ricos.

Bancos que simulan ser mullidos y tapizados, pero son de cemento. Bolardos que parecen balas gigantes. Rejas que encierran plazas. Estas postales porteñas inspiraron Ciudad Carcelaria, un libro que analiza “marcas en el espacio público que vuelven la ciudad hostil, clasista y brutal para ciertos sectores, en tanto se despliega bella y amable para otros”. Huellas de una concepción urbana que, mientras expande lo gris e inhabitable, incrementa el punitivismo.

Ciudad Carcelaria, editado por Tren en Movimiento y publicado con apoyo del Fondo Nacional de las Artes, fue coordinado por la abogada y docente Claudia Cesaroni, junto con la muralista Lena Casati, la fotoperiodista Claudia Conteris y el periodista Matías Bustelo. El proyecto nació a partir de sus recorridas porteñas, al advertir grises, fealdades e incomodidades por doquier. Luego sabrían que existe un concepto para representarlo, y que el fenómeno no es solo local: “diseño hostil”.

El libro “es el resultado de un proyecto que empezó mirando, comparando espacios donde los lugares son cómodos, invitan a quedarse, y viendo cómo se va expandiendo por nuestra ciudad –y por otras– una arquitectura horrible, incómoda. Después encontramos la palabra ‘hostil’ y que hay toda una corriente que lo analiza”, cuenta Cesaroni.

“Definir la ciudad carcelaria no solo tiene que ver con el mobiliario hostil, sino también con prácticas punitivas cada vez más desplegadas: cámaras, sistemas de reconocimiento facial, la idea de que la ciudad tiene que estar saturada de fuerzas de seguridad”, enumera la abogada.

El trabajo se presentó esta semana –vía Facebook– mientras continúa la audiencia pública con más de 7000 inscriptos por la disputa sobre el acceso al río en Costanera Norte y la intención del Gobierno de la Ciudad de emplazar allí (más) torres y dar lugar a (más) negociados inmobiliarios.

“La lógica de los últimos gobiernos de (Mauricio) Macri y (Horacio Rodríguez) Larreta es una ciudad no inclusiva. No solo por usar terrenos públicos para emprendimientos privados: la lógica de cómo se diseña la ciudad también es clasista. Sencillamente, en la zona norte te podés sentar en un banco más cómodo. El disfrute de los espacios que todos pagamos debería ser equitativo y no lo es. Las plazas de la zona sur deberían ser más bellas, porque los del norte tienen sus propios parques y casas bellas. Mucha gente solo tiene el espacio público para disfrutar y debería ser el más cómodo, el más amable. Y el disfrute del río en una ciudad que lo tiene ahí debería estar pensado para estos sectores”.

Diseño hostil

Claudia Cesaroni pasó años "juntando fotos de banquitos". El reemplazo de los tradicionales bancos de madera de las plazas por otros de cemento y sin respaldo fue la primera señal de alarma, y una invitación a analizar los cambios mobiliarios del territorio porteño bajo la impronta macrista. A partir de esa “obsesión” abrió la convocatoria a quienes quisieran mirar con esa lupa la ciudad. Así se conformó el equipo del libro, que además de estar a la venta quedó a disposición de unidades carcelarias, institutos para adolescentes y otros espacios de encierro.

La investigación se enmarcó en el concepto de “diseño hostil”, utilizado por el artista inglés Stuart Semple para referirse a “objetos especialmente creados para excluir, dañar u obstaculizar la libertad del ser humano, generalmente con el fin de apartar a un determinado grupo social del espacio público”, con el ejemplo emblemático de los bancos de plaza con apoyabrazos colocados estratégicamente para evitar que las personas sin techo puedan acostarse allí. El libro rescata también la mirada del arquitecto Rodolfo Livingston, defensor del uso democrático del espacio público.

“Los empecé a llamar bancos carcelarios, porque del mismo modo que hay una arquitectura que a quien está privado de su libertad le recuerda que está en un lugar de sufrimiento, esa arquitectura está en la ciudad”, compara Cesaroni. Y remarca el nivel de “perversión” de los bancos de cemento que simulan ser mullidos.

“Principalmente se busca expulsar a las personas que puedan llegar a ranchear, a habitar esos bancos. En Uruguay, por ejemplo, hay un proyecto que se llama Montevideo Ortiba que tiene un registro constante de este tipo de cosas. Así pasa en varias ciudades”, amplía Lena Casati a través de la pantalla de Facebook Live, durante la presentación del libro en tiempos pandémicos.

“Hace unos años empecé a notar que había como una topadora, un avance de demolición con respecto a un montón de edificios del patrimonio histórico, casas antiguas que hacían a la identidad de la ciudad. Y el surgimiento de un nuevo mobiliario, bancos, enrejamiento de plazas. Era una sensación de malestar ante una ciudad que cambiaba su fisonomía, perdía su identidad en reemplazo de esto otro”, acota Conteris, autora de la mayoría de las fotos que componen el “catálogo de fealdades” del libro.

“Vemos que en el centro de nuestras grandes ciudades abundan cada vez más los muros. Se enreja y se carcelariza. Se hace todo lo posible para que los tonos de los bancos sean ocres, azul grisáceo. Nada de rojo, nada de fosforescente. Para que usted se calme, se aplaque. Como se hace en las cárceles. Quien fue alguna vez sabe que de esa manera se tiene a los presos. ¿Los ciudadanos de una ciudad cometimos algún delito para eso? Es una pregunta que nos hacemos”, indaga Matías Bustelo.

No solo el Estado carceliza

A su vez, Cesaroni llama la atención sobre una “arquitectura hostil privatizada”. La que se ve en aquellos canteros, halls de edificios o escalones de entrada cubiertos con rejas o pinches para que nadie pueda sentarse y mucho menos instalarse a descansar a falta de un techo propio. “Como pasa con el punitivismo penal –policías que matan por la espalda, represión–, hay un punitivismo privatizado que se ve por ejemplo en los linchamientos. Y acá también funciona una ‘arquitectura hostil privatizada’: la gente que pone pinches en el escalón de su casa para que nadie se siente”. Todo esto, en una ciudad macrista que el año pasado estuvo a punto de instalar contenedores de basura para abrir con tarjeta magnética: garantía de exclusión de cartoneros e indigentes. Aquella iniciativa quedó congelada en la polémica. Por ahora.

“Es como si la Argentina, con su pueblo patiero, asadero, extrovertido y callejero, se hubiera achicado hasta casi desaparecer, al menos en la planificación de la mayor de sus manifestaciones urbanas, que es justamente esta ciudad, Buenos Aires, reina de un río al que ya ni mira”, resume el libro, y advierte que la mirada crítica sobre estas postales no solo tiene que ver con lo estético: “La creación del profesional que concibe los adefesios que comentamos es sin dudas hija de una concepción estética que tiene una génesis económica, ideológica y política”.

Entrevistado para el proyecto, el arquitecto Jaime Sorín, exdecano de la Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo de la UBA, dio su mirada sobre la “ciudad carcelaria” y alertó por un futuro en el que porteños y porteñas solo puedan ver su río “en fotos o pagando”. En contra de esa tendencia, o para intentar frenarla y revertirla, el libro invita a revisar y repensar el paisaje urbano y defender los vacíos y los verdes que tanto escasean en territorio porteño.

 

Por Luciana Rosende - @lucianamagali

Fotos: Claudia Conteris

Tiempo Argentino

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