No es un amor de cartón

Jueves, 03 Agosto 2017 10:27

Una historia de vida compartida, de esas que despiertan ternura, ocurre actualmente en el distrito.

“Cuidado, mi amor”, le dijo Luis a María mientras revisaba una bolsa de la basura y la tomaba de la mano con la suavidad con la que se agarra a un bebé recién nacido. Un vecino que había salido de su local “Joyería y Relojería Marcelo Iorii”, ubicado en la calle Ameghino 2902 en Sáenz Peña, observaba la secuencia de reojo. Intrigado por la historia que había detrás de esa ternura que se palpaba a simple vista, decidió acercarse.


-“Hola. ¿Marido y mujer?”, preguntó Marcelo y les señaló las alianzas que llevaban.


-Sí, cumplimos 56 años de casados.


-¿Y qué hacen?


-Recolectamos cartones y los clasificamos.


-¿Hace mucho que vienen a esta zona?


-Desde hace unos 12 años.


Luis, con la naturalidad que lo caracteriza, comenzó a contestar sin problema. Con sus 79 años, vive en Pilar junto a su mujer, de 74. Todos los lunes, miércoles y viernes se acercan a las localidades de Santos Lugares y Sáenz Peña a revisar los residuos con el objetivo de encontrar elementos que sean viables para venderlos.


“Hemos ido a otros lugares, pero no se comparan con la calidad que hay acá. Además, los vecinos de la zona son muy solidarios y colaboradores con nosotros”, agregó, al tiempo que contó que este trabajo lo tuvieron que adoptar una vez que se les terminó la buena vida que llevaban.

 

 


Se conocieron cuando tenían 19 y 14 años respectivamente. Su amor fue un “amor de tren”. Literalmente. Hace 60 años, María, su hermana y su mamá se vinieron a Buenos Aires, hartas del maltrato que sufrían por parte del hombre de la casa. Cuando arribaron, un conocido le ofreció un trabajo a la adolescente en una fábrica de juguetes de madera en Hurlingham.


Ella se tomaba el Ferrocarril San Martín por cuatro estaciones. Y allí fue donde Luis, que estaba terminando la colimba, la comenzó a observar todos los días. Hasta que se animó y se acercó a hablarle, a decirle que estaba enamorado de ella. “No puedo salir con usted, no me van a dejar”, le contestó ella.


Él no se dio por vencido y decidió tener un “amor de pasajeros”. Durante un año, su historia se forjó en esos vagones. Luis quiso ir por más y fue a hablar con la familia de María para hacerles saber sobre su historia. Al día siguiente, María apareció toda golpeada. Al no aguantar esa situación, Luis acudió a consultar a un juez de paz si podía casarlos.


“Sí, pero necesito la firma de un mayor porque ella es menor de edad”, le respondió. Pero, con el correr del tiempo y al ser víctima de varias golpizas, el juez de paz tomó una determinación que fue crucial para que su amor pudiera seguir su rumbo: obligó a que la hermana de María firmara el papel y así se casaron.


El siguiente paso a resolver era dónde irían a vivir. Y el juez de paz nuevamente fue el héroe: le ofreció a Luis ser el casero de una quinta que tenía. Sin dudarlo, se fueron para allá. En el transcurso de 8 años, tuvieron 7 hijos. El salvador, otra vez, les dio una mano: al tener el séptimo niño, hizo todo el trámite para que cobrara un plan de $6.500.

 

 


Hasta que la buena vida se acabó. Al morir el juez de paz, la esposa no tuvo más remedio que vender el caserón. Luis, María y todos sus hijos debieron irse a una casilla ubicada en Pilar. Pasaron de tener espacio de sobra a estar todos amontonados en dos habitaciones. En ese momento, ya se habían sumado dos chicos más.


Cuando ya vivían allí, se volvieron a cruzar con la familia de María. Al no tener donde vivir y al estar enferma su hermana, con su plan, María decidió sacar un crédito de 30 cuotas de $2.800. A pesar del maltrato recibido en el pasado, ella perdonó y mostró su lado generoso, ese que se mantiene hasta la actualidad.


Recién el año pasado pudieron terminar de pagar el crédito pedido para ayudar a sus íntimos. Por eso, ahora ya no tienen la necesidad de venir todos los días a buscar cartones y ropa, que la donan para colaborar con sus conocidos del barrio. Pudieron bajarlo a tres visitas, algo beneficioso por su edad.


Agarrados de la mano y caminando a la par, intentan rebuscarse para seguir saliendo adelante junto a su familia que ahora se amplió al agregarse alrededor de 35 a 40 nietos. “No aceptamos dinero, sólo buscamos cartones, que aprendí a clasificar gracias a un trabajo que tuve en una fábrica de hilos, y ropa”, explicó el hombre que es conocido por muchos vecinos del distrito.


“Acá los residuos son de mejor calidad y la gente es muy servicial, por eso seguimos viniendo”, concluyó Luis, mientras se levantaba de su silla y recibía la mirada cariñosa de María. Esa mirada que demostraba que, a pesar de subsistir gracias a ellos, sin dudas que su amor no es de cartón.

 

PD: Si alguien desea poder contactarlos para darles una mano o para colaborar con cartones o ropa que tengan, lo pueden hacer llamando al teléfono 15-2894-7053.

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